viernes, 11 de marzo de 2011

El laberinto

“Lasziate ogni speranza, voi che entrate”

-Si en verdad estas seguro, entonces acércate y echa un vistazo –dijo con esa falta de expresión que caracterizaba su persona, y aunque sentí algo de miedo no dude en aceptar.

Cerré mis ojos, lo toqué con ambas manos y entré. Era un lugar oscuro, laberíntico, enmohecido.
Camine horas en esos pasillos interminables, acompañado sólo por el eco de mis pasos, pensé en rendirme, en salir de ahí, pero sabía que no volvería a tener esa oportunidad, así que continué. Entonces, un murmullo me dio esperanza, la esperanza de poder ver algo más que muros pestilentes, camine hacia él y de pronto me encontré frente a un rió púrpura; cientos de hombres descarnados, putrefactos, caminaban sobre el. Me acerqué hasta la orilla y pude escuchar sus lamentos, llenos de dolor pero muy leves, como si no quisieran que el resto se enterara de su sufrimiento. Extendí mi brazo para llamar su atención y en cuanto me vieron se sumergieron en el rió y no los vi más. Solo podía observar mi reflejo en aquellas aguas. Mi rostro estaba igual de engusanado que la de aquellos seres, no tenia labios y mis dientes eran dos pares de horribles colmillos. Mis manos eran garras similares a las de un ave de rapiña. Aquellas imágenes me llenaron de asco y me retiré aterrorizado por la idea de que alguien fuera capaz de verme de ese modo.

-Aquí sólo veras tu verdadera esencia. Aquí sólo veras tu verdadera esencia -sus palabras me perseguían.
-Cállate –grité con todas mis fuerzas y lo hizo, pero me dejó con el eco de mi grito retumbando en las paredes, destrozando mis oídos. Corrí, corrí tan fuerte como pude para huir de mi voz, de mi miedo.
Llegué al final del pasillo y abrí la puerta que estaba frente a mí, pesaba mucho. Lo que vi era horrible: todas las personas que alguna vez se interesaron por mí estaban ahí, descuartizadas, adornando los muros, el techo, el piso... y en medio de aquella carnicería un acéfalo monstruo devoraba sus entrañas. No lo soporté di la vuelta para huir, prefería regresar a la oscuridad que seguir en ese sitio, pero la puerta ya no estaba y había una luz alumbrando a un pequeño niño desnudo, asustado y llorando, pidiendo ayuda, diciendo que quería dejar de hacerlo, que quería dejar de ser malo. Sabía que debía ayudarlo, pero no pude o no quise, retiré mi mano del espejo y dejé ese lugar.

-No doctor aún no puedo irme... ahí adentro sigue siendo un infierno.

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