lunes, 2 de agosto de 2010

EL PLAN

¿Qué podía hacer? ¿Entregarlo a la policía? No es que fuéramos muy unidos, o que lo que quisiera mucho. La verdad es que habría preferido que la llamada la hubiera realizado su esposa, y que al llegar a su casa, el cadáver que vi en la cocina hubiera sido el de él, esa es la clase de amor que le tengo al culero. Pense en mi madre y lo que diría si descubria que lo dejé solo, tampoco es que ella me importe mucho, pero sabe ser molesta.
— ¿Qué chinga´os pasó? —pregunté mientras revisaba el cuerpo. Pinche cuñadita, muerta y todo, se veía bien buena en babydoll. Sabía que tenía unas piernotas, pero así, lo que más llamaba mi atención era su trasero.
—…entonces me quiso dar una cachetada, y ya sabes cómo soy, que me emputó y que la empujo, luego la agarré de las greñas y le estrellé la cabeza en la pared como tres veces y pues…
—Ya, güey, ya entendí. Como serás animal. —Me puse de pie y me acerqué a él para distraerlo; me cachó levantándole la bata a la muertita—. Hay que pensar bien lo que debemos hacer… ¿Pelearon mucho rato? ¿Crees que algún vecino los pudo haber oído?
—No… creo que no.
—¿Además de los empujones, le pegaste? ¿Tendrá algún moretón?
—No.
—¿Ahí es donde la estrellaste? —Señalé una mancha de sangre en la pared.
—Sí…
— ¿La pusiste de rodillas o que pedo? Porque la marca está muy abajo.
—Te digo que primero la empujé, entonces se cayó y cuando se estaba levantando…
—OK… Yo creo que podríamos… —Fingí buscar una solución, lo que realmente hice fue echarle otra mirada a la cuñis.
— ¿Qué dices?
— ¿Qué digo de qué?
—De mi idea.
—Ah... pues mira… —No escuché nada de lo que había dicho por estarle viendo las chiches a su vieja−. Está medio jalada. —Supuse que era una pendejada, el cabrón nunca se distinguió por tener mucho intelecto.
—Entonces… ¿qué propones?
—Mira… yo me voy, luego llamas a la policía. Cuando vengan, les dices que ella vino por agua o por cualquier chingadera, que tú estabas en tu cuarto medio dormido y que oíste un trancazote. Cuando bajaste a ver qué pedo, la viste ahí tirada. Todos van a decir que se tropezó y que ya le tocaba.
—No mames, eso no me lo van a creer.
—¿Por qué no? ¿Te la pasabas pegándole enfrente de la gente como para que sospechen o qué?
—No güey, pero cuando vengan los forenses y hagan todo su desmadre, pues van a ver que fueron varios golpes y que ya lleva horas muerta y si analizan la forma en que cayó y comparan la trayectoria con las manchas de sangre
—Ya, párale. Si no estamos en un capitulo de CSI. Esto es la vida real, y por si fuera poco estamos en México, cabrón.
—No sé, es que… Mira, tengo otro de par de ideas.
—No, confía en mí. Nada más báñate. Lávate bien, cámbiate de ropa. Yo me pongo a ordenar todo para que no se note que estuvo aquí otra persona.
—Está bien. No me tardo.
En cuanto se fue, me acerqué de nuevo a ella. Ya sin mi hermano echando mosca, me di vuelo viéndola. No me aguanté y le agarré las nalgas. Sabía que estaba mal lo que hacía, pero ya me encontraba ayudando a un asesino, así que me daba igual. Le empecé a mamar las bubis y que me prendo y pues que meto la mano por debajo de sus calzoncitos y… ¿si le metes los dedos a una muerta también es masturbarla? Bueno, eso hice. Me calenté de a madre y decidí cogérmela. Acababa de bajarme los pantalones cuando apareció mi carnal. Traía un montón de golpes en la cara. Me saqué de onda y más cuando oí patrullas.
—¡Cabrón, te dije que hablaras hasta que yo me fuera! —Me ignoró. Les abrió la puerta.
No entendía lo que sucedía, todo pasó tan rápido que ni vestirme pude.
Mi hermano se acercó a mí, llorando y gritando y me tumbó de un puñetazo.
— ¿Qué te pasa pendejo? —No sabía si defenderme o subirme el pantalón.
—¿Por qué… por qué lo hiciste? —Me jaló de la camisa y me dijo al oído —: este plan esta mas chido. Tuve mis dudas, pero cuando vi que estabas de lujurioso supe que funcionaria.
—¿Qué? ¿Me pusiste... —En ese momento nos separaron unos policías y me esposaron. Los muy culeros me sacaron en calzones de la casa. Vi al traidor hablando con otros polis.
—No le crean nada —les grité.
—Cállese hijo de la chingada —vociferó uno de los oficiales y otro me dio una patada en el estomago.
—¿Cómo pudiste? —dijo el hipócrita acercándose a mí. Habló en voz baja—: Esto te pasa por menospreciarme… y por caliente.
—Ríete, disfruta el momento, porque no te saldrás con la tuya, les voy a decir todo. Ya verás que si eres un pendejo.
—Yo creo que esta drogado —respondió. No lo agarré a chingazos por que no podía. Volvió a susurrar —. Di lo que quieras, si acaso te creen, les doy su mordida a todos y ya.
—Imbécil ¿Crees que vas a poder sobornar… —Decidí no hablar más. No era la tele, era la vida real y peor aún: estábamos en México.

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