lunes, 6 de septiembre de 2010

ERROR DE COMUNICACIÓN

(no esta totalmente corregido, pero da igual, nadie me lee)

Estaba asqueada. Para ella, que un hombre eyaculara en su boca, era una vulgaridad, el peor acto de humillación. Pero era el precio a pagar para obtener lo que tanto anhelaba.
—No te levantes, no has terminado. Debes limpiar hasta la última gota. No te preocupes, puedes escupirlo… Sí, eso es, preciosa.
—Listo… cumplí mi parte. —La chica se puso de pie. Te toca a ti.
—Sabes que no me mantengo de recibir mamadas ¿cierto? esto que hicimos… —Sonrió con malicia— que me hiciste, es porque eres, digamos… un caso especial. No por lo que me pides, tengo años en este negocio y créeme, no tardé en darme cuenta que el mundo esta lleno de gentuza como tú: Cobardes de mierda que prefieren estar muertos que enfrentarse a sus problemas, y que ni siquiera poseen los espolones suficientes para dejar este mundo por su cuenta. A su tiempo sabrás porqué eres diferente. Por ahora, dejémonos de palabras. —Escupió el rostro de la chica y luego la derribó de un puñetazo.
— ¿Qué haces, imbécil?
—El trato es matarte, perra —dijo y comenzó a patearla—, cómo lo haga, queda a mi albedrio.
—Detente, no. Maldito… —Le fue imposible seguir hablando, una fuerte patada le tumbo tres dientes...
Al mismo tiempo, detrás de ellos, en una habitación con puerta de metal, se escuchaban golpes y gritos ahogados.
—Maldita sea —exclamó Anselmo mirando hacia el cuarto—. ¿Quieres callarte? Estoy trabajando. Me enervan los entrometidos ¿A ti no, bebé? —El asesino se acercó a la chica, la tomó del cuello y la levantó para después azotarla contra la pared.
—Ya basta…
— ¿Qué no quieres morirte?
—Sí, pero no… —Un nuevo impacto le sacó el aire.
—Estoy preparando tu cuerpo solamente. —Al soltarla, la mujer no pudo sostenerse y volvió a caer.
Los ruidos en la puerta se reanudaron.
—Chingada madre, —Anselmo sacó un revólver de entre sus ropas— ¡Que te calles cabrón! —profirió al tiempo que hizo un par de disparos hacia la puerta. Luego sujetó a la muchacha del pelo y la arrastró hasta el otro extremo del edificio en que se encontraban.
— ¿Imaginas por qué elegí este lugar para nuestra cita? No hay posibilidades de que escuchen tus lloriqueos… o los de los inoportunos. —De nuevo dirigió su mirada a la habitación—. Además está lleno de maderas, clavos y otras herramientas muy útiles. Llegué temprano para preparar esto —Tiró del cabello de su víctima tan fuerte que la puso de pie, luego la obligó a mirar al frente—. Lo hice especialmente para ti.
— ¿Qué… significa…
— ¿Cómo que qué… —Anselmo la abofeteó— Zorra estúpida, es una cruz. Bien sujeta al suelo para que no se caiga, construida con la madera adecuada para soportar tu peso y… ¡Carajo! ¿Por qué te explico?
— ¿Qué vas a hacer? Esto no es lo que…
—Deja de quejarte, pinche puta. —Anselmo le dio un golpe tan fuerte, que le dislocó la quijada —. Demonios, me lastimé la mano. Quítate la ropa.
—No… no hagas… más, solo… solo acaba… con esto… por favor —A causa del llanto y la abundante sangre en su boca, le era difícil hablar.
Anselmo emitió un fuerte bufido, luego le arrancó la blusa y sacó su revólver.
—Te voy a meter un balazo en el puto culo si no te terminas de encuerar —dijo poniéndole el cañón en la frente. Esperó a que se desvistiera y le golpeó la cabeza con la cacha del arma, dejándola inconsciente. —Te pusiste rejega para desnudarte, supongo que lo que sigue tampoco lo habrías hecho de buena gana —dijo observando el cuerpo inmóvil.
Cuando la chica despertó, se encontraba atada a la cruz.
—Que bien, al menos solo tardaste unos minutos. Empezaba a desespérame, pero es más divertido si estas viendo.
Anselmo tenía un mazo en la mano derecha y un clavo de veinte centímetros en la izquierda. De un solo golpe lo enterró en la palma de su cautiva.
—Noooo… ¡Ahhh!... Dios mío… por… lo que… más quieras, no más…
—Nada, aún nos faltan mucho. —Tomó otro clavo y repitió la acción en la otra mano.
La joven gritó y estuvo a punto de desmallarse.
—Ni madres —dijo Anselmo, abofeteándola—. Los ojos bien abiertos.

Después de clavarle los pies a la madera, Anselmo retrocedió unos pasos.
—Si Cristo fuera hembra, yo sería el mayor de los creyentes. Es que, solo mírate. Es una obra de arte ¿Puede haber algo más sensual que el desnudo y flagelado cuerpo crucificado de una belleza como tú? Solo te falta tu tiara. No creas que la olvidé, solo que es alambre de púas, hay que modernizarse.
—Te lo suplico… bájame… ya… ya no… me lastimes —murmuró la fémina.
—Estamos por cumplir tu sueño, tomaré mi cuchillo, te abriré el pecho y sacaré tu corazón.
—No… por fa… vor… Irme…
— ¿Qué? Debes hablar más fuerte. Tantos disparos dañan un poco el oído.
—Irme… quiero… déjame ir…
— Eso no es posible. Estas mal, pero podrías vivir. No me lo perdonaría.
—Vivir… déjame ir.
— ¿Quieres vivir? ¿Te has arrepentido?
—No… quiero… morir así…
—Creo que no te entiendo, tendrás que hacer un esfuerzo. Grita, como si tu vida dependiera de ello, qué es lo que deseas. —Anselmo rió de forma aterradora.
Durante un par de minutos, la mujer no se movió. Anselmo se mantuvo quieto, observándola, hasta que por fin la vio levantar el rostro.
—No… me… mates…
— ¿Quieres vivir?
— ¡Sí! —gritó antes antes de perder el sentido.
Anselmo dio vuelta y caminó al otro lado del lugar.
— ¿Oíste, pendejo? —dijo abriendo la puerta metálica.
Un hombre con las manos atadas y amordazado salió a toda prisa. Corrió hacia donde estaba la mujer. Anselmo se le acercó y le quitó la mordaza.
— ¿Qué chingaos fue todo esto? Casi la matas hijo de perra.
— ¿Y? pediste que la convenciera de seguir viviendo, ¿no? Eso es justo lo que acaba de pedir.
—Eres un bastardo, te juro que…
—A ver, pendejete, —Anselmo volvió a sacar su pistola— guarda tus amenazas para el que te haya dicho que pidieras mi ayuda. Te vio la cara. Mi nombre es Anselmo, mi profesión sicario. Yo no salvo vidas, —Su rostro se tornó severo y con lentitud terminó la frase— las extingo. Si acepté tu propuesta, —Ahora su cara y tono de voz se llenaron de cierta jocosidad— es porque me gusta hacer cosas nuevas.

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