viernes, 10 de septiembre de 2010

EL REY DRAGON

Nebrilac rugió con toda su fuerza. El dragón al fin había logrado liberarse de las cadenas que lo mantuvieron cautivo por más de tres siglos. Se levantó sobre sus patas traseras, agitó sus alas con furia y emprendió el vuelo, ansioso por llegar a la entrada del pozo en el que sus enemigos lo arrojaron, y despedazar a los guardias.
La luz del sol lo cegó unos instantes, pero logró distinguir a los guardianes, les arrojó su aliento de fuego, sabiendo que aún sin verlos, los destruiría. Pero no hubo gritos, chillidos, alaridos, nada.
Sus patas tocaron el suelo todavía caliente por el ataque. Luego de unos minutos sus ojos se acostumbraron a la luz. Se acercó a los restos de los vigías, los removió para examinarlos y supo que llevaban muertos muchos años. Se sintió frustrado, pero realmente no importaba, iría a la tierra de las hidras y las aniquilaría a todas, no habría piedad, les daría el mismo trato que les dieron a sus hermanos.

Conforme se acercaba, la majestuosidad de la ciudad se desvanecía. De sus arrogantes construcciones ya sólo quedaban ruinas. Lejos de alegrarse, Nebrilac enfureció, si alguien tenía derecho a destruir todo aquello, era él, el último de su raza, nadie más.
Al llegar, se horrorizó; cientos de hembras y crías de hidra yacían decapitadas por todas partes, junto a miles de huevos destrozados. Decenas de fosas habían sido cavadas para incinerar ahí a los machos. Meneó la cabeza, lleno de impotencia.
Subió al castillo. En la habitación principal encontró al emperador de las hidras, degollado y además con una espada, el arma de los hombres, clavada en el pecho.
— ¡Nooo! ¡Malditos! ¡Mil veces malditos! —gritó una y otra vez, mientras su llanto caía sobre el suelo enemigo.
Lo único que lo mantuvo con vida durante su encierro, fue la posibilidad de vengarse. La venganza era todo lo que podía tener al ser libre, y los humanos, se la habían arrebatado.


Publicado en la revista Minatura, en el numero 99

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