domingo, 5 de enero de 2014

El minotauro y la Sirena, Mauricio Carrera, Betina Keizman



Libro  publicado en 2001 que reúne en una mezcla de ensayo y entrevista a  13 escritores quienes, según los autores del libro, representaban en ese momento a las generaciones que regresaban la vitalidad y entusiasmo, así como una calidad excepcional a la literatura mexicana.
En el libro se entrevistan a Enrique Sena, Rosa Beltrán, David Toscana, Ricardo Chávez Castañeda,  Mónica Lavín, Guillermo Fadanelli, Ignacio Padilla, Cristina Rivera-Garza, Fernando Rivera Flores, Mario González Suárez, Ana García Bergua y Jorge Volpi.
Sus influencias, sus primeros acercamientos a la literatura, el cómo decidieron dedicarse a escribir, su obra, sus gustos y manías y los métodos empleados al momento de ponerse a escribir, son algunos de los temas tocados en las entrevistas.
En el caso de Ignacio Padilla y Volpi, me da la impresión de que el texto se centra demasiado en el grupo al que los autores pertenecen (El crack) más que en su persona.
El entrevistador también se empeña en preguntar a varios escritores si se sienten parte del movimiento denominado Los enterradores, todos concuerdan en decir que no.
El único libro que leí de Fadanelli no me gustó y en su entrevista no dejé de sentir que sus respuestas estaban dictadas por cierto afán de crearse un personaje de escritor borracho, valemadrista e irreverente que resulta muy molesto por lo falso que se nota.
Lo que más me desagradó del libro es que el autor del ensayo se limita a traspasar las opiniones de otros sobre la obra del escritor en turno, antes que dar la propia. Todos los textos son: Sobre fulanito, merengano dice tal cosa; de su libro, perengano cree esto otro; y como dice zutano es así y asá. Esa es la causa de que  para la tercera entrevista yo ya estuviera harto y luchando contra las incontrolables ganas de dejar el libro.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Fiebre sangrienta, Karen Marie Moning



La vida de Mackayla Lane dio un giro completo cuando aterrizó en tierras irlandesas y se sumergió en un reino de oscuridad y muerte que jamás habría imaginado. En su lucha por sobrevivir, Mac debe encontrar el Sinsan Dubh, un libro de magia negra con más de un millón de años de antigüedad, que contiene la llave para controlar el oscuro mundo de Fae y el de los humanos. Perseguida por los asesinos de Fae y rodeada de extraños personajes de los que no se puede fiar, Mac se encuentra entre dos seres irresistibles: Vlan, el insaciable Fae, capaz de despertar pasiones sensuales que obsesionen a cualquier mujer; y el inaccesible Jericho Barrons, un hombre tan seductor como misterioso. Durante siglos, el reino de las sombras de Fae ha coexistido con el de los humanos. Ahora los muros entre ambos se derrumban y Mac es lo único que está en medio La exquisita Mac es asombrosamente atractiva y los salvajes peligros a los que se debe enfrentar están salpimentados con infinitas adivinanzas. El resultado es una historia adictamente oscura, erótica e incluso inesperada. Publishers Weekley Nominada a la Mejor protagonista de fantasía urbana por Romantic Times Ganadora del RBL Romantica Highies en las categorías de Mejor heroína y Mejor título.







Buscaba un libro de fantasía urbana compré este. No entendí, días después, cuando me disponía a leerlo y luego de leer la contraportada, por qué lo había hecho.
“Publishers Weekley Nominada a la Mejor protagonista de fantasía urbana por Romantic Times Ganadora del RBL Romantica Highies en las categorías de Mejor heroína y Mejor título
Eso debió ser una advertencia suficiente.
En fin ya lo había comprado y decidí no ser prejuicioso. Es un libro para chicas pero puede ser bueno, me dije.
Supongo que a las mujeres les gusta que la protagonista de la historia siempre esté hablando de lo guapos que son todos los hombres con los que se topa y si son gays o hetero, o de lo bien que se le ve la ropa ajustada de color negra, o lo mucho que extraña sus vestidos de niña buena color rosa, o sí se maquilla y se peina, o si su bikini es sexi y su perfume huele a tal o cual cosa, a mí me fastidia. Dejando esos detalles vamos a la historia: el mundo Fae y sus personajes suenan interesantes, igual que V´Lane, un ser que mata a las mujeres con su poder sexual o el misterioso Barrons, pero el libro no es más que un montón de explicaciones a medias hechas como para dejar picado al lector y que adquiera los siguientes números, pero hombre, algo interesante debía haber pasado. Sólo hay escenas sueltas de acción que no llevan a gran cosa. Únicamente el enfrentamiento final entre la prota y uno de sus enemigos es trascendente, todo lo demás pudo haber o no sucedido y la historia sería la misma.
Lo mejor del libro es que se lee rápido (con todo y su horrible traducción, llena de errores) y uno puede pasar al siguiente.

martes, 26 de noviembre de 2013

Nazgul

Personaje del Señor de los anillos. El arma es prestada


lunes, 18 de noviembre de 2013

Cantos de Maldoror, Conde de Lautrémont




Todo gira alrededor de Maldoror, joven exacerbado ante la vida y ante Dios, en un ambiente exaltado y violento. Los encantos y algunos poemas en prosa poética aquí contenidos reflejan el decadentismo francés; sus páginas están llenas de vida, dignas de todo interés, contiene confesiones amorosas, un diálogo con el océano (una de las partes más atractivas), describe extrañas y alucinantes visiones de sangre, vampiros arañas, mientras el poeta, transformado en animal marino, cuestiona violentamente a Dios.

Necrofilia, zoofilia y pedofilia  también se encuentran en este libro. Maldoror se describe como un ser más temerario y temido que el mismo Lucifer. Enfrenta  a ángeles cangrejos y a dios convertido en rinoceronte. Tienes sexo con tiburones y niñas muertas, seduce jovencitos para torturarlos hasta la muerte, y muestra un profundo desprecio hacia lo humano tan grande como su respeto al mar.
Pero Los cantos de Maldoror no se trata sólo de violencia y situaciones grotescas, el libro está lleno de pasajes alucinantes, monólogos y diálogos donde se tratan temas como la pérdida de humanidad, la belleza,  lo sagrado, el temor que inspira Dios, el odio, el amor, la muerte y la naturaleza.
A ratos el libro se torna confuso, sus expresiones un tanto pesadas y repetitivas, y en ocasiones da la impresión de no tener orden, pero todo ello obliga a una lectura profunda, después de la cual, si bien es posible que el lector no lo comprenda del todo, seguramente tendrá que admitir que los Cantos de Maldoror posee, dentro de todo su violencia y caos, mucha belleza.

Luego de leerlo y confirmar hace cuantos fue escrito, me pregunto qué diablos hacía yo hace quince años leyendo a tipos estúpidos que se creían los amos de la transgresión, el gore y auténticos poetas malditos.

lunes, 14 de octubre de 2013

LAS HIJAS DE FRANCISCA VÁZQUEZ

Hace mucho que no publico nada que no sea mi opinión sobre los libros que he leído. Quiero hablar de pelis nuevamente y colgar uno que otro cuento. Empiezo con un cuento dividido en cuatro partes. Espero que si alguien lo llega a leer le guste.




LAS HIJAS DE FRANCISCA VÁZQUEZ

LOURDES
Lourdes, la mayor de las hijas de Francisca Vázquez, entró llorando en la cantina de su madre.
—¿Qué pasó, Lourdes? —preguntó Francisca al tiempo que dejaba en la barra un par de envases de cerveza.
La joven era incapaz de hablar a causa del llanto. Francisca la abrazó y la hizo salir. No le agradaba que sus hijas entraran ahí y menos ella por ser la que más llamaba la atención de los hombres.

Ya en la calle, Francisca esperó a que Lourdes se calmara para que pudiera contar lo que le sucedía.
—El Chamenclas, mamá —dijo Lourdes entre sollozos—. Yo iba a la carnicería y él estaba tomando afuera de su casa. Me vio pasar  y comenzó a chistarme. Luego, cuando estuve más cerca, se puso enfrente y dijo que me iba a dejar pasar nada más si le daba un beso. Me quise cruzar al otro lado de la calle, pero no me dejó. Me agarró de los brazos, bien fuerte. Me empujó contra la pared y comenzó a besarme y después me levantó el vestido. Me soltó nada más porque uno de sus niños salió para decirle no sé qué cosa.
Lourdes abrazó a Francisca y comenzó a llorar de nuevo.
—Vete para la casa hija. ¡Ahorita me arreglo con ese hijo de la chingada!

Francisca entró en el bar, directo a la cocina. Luego llamó al chico que le ayudaba.
—Ahorita regreso —dijo ansiosa—. Te encargo el negocio. Haz bien las cuentas y no le fíes  nadie, cabrón.
—¿Ni al patrón?
—¿Cuál patrón?
—Don Pedro.
—Ese mantenido nomás es mi novio, y a él menos que a nadie me le fías —contestó Francisca a unos pasos de la entrada.

La calle estaba vacía. Francisca golpeó la puerta de la casa, tan fuerte, que las ventanas se cimbraron. Un par de minutos después la esposa del Chamenclas abrió.
—¿Qué quiere? ¿Por qué toca tan feo?
—Háblale a tu esposo —ordenó Francisca.
—¿Para qué lo quiere?
—Dile que salga o me meto a sacarlo.
—No… es que...
Francisca empujó a la mujer para entrar a la casa. El Chamenclas estaba sentado en el sillón de la sala, frente al televisor. Al ver a Francisca se puso pálido.
—¡Párate hijo de la chingada!  —gritó ella al tiempo que lo tomaba del cabello para obligarlo a levantarse.
—Váyase de aquí —pidió la esposa del Chamenclas, que se encontraba a  unos pasos de ellos.
—¡Tú no te metas! —gritó Francisca, al tiempo que metía la mano libre en el bolsillo de su delantal para sacar un picahielos.
—¡No, Panchita, no! —suplicó el Chamenclas al ver que Francisca dirigía el arma hacia su abdomen.
El Chamenclas se dejó caer en el sillón tratando de detener la sangre con las manos.
—¡Que te sirva de advertencia, pendejo! ¡La próxima vez que toques a una de mis hijas te mato! —dijo Francisca limpiando el picahielos con la orilla del delantal. Después se dio la vuelta y se dirigió a la entrada. —Con permiso, Lupita. Por cierto, acuérdate que el viernes me tienes que entregar la tanda —dijo al pasar al lado de la esposa.


ROSA
—¡Para que se te quite lo chismosa! —gritó Lourdes, sosteniendo en la mano derecha la mitad de la escoba que acababa de romper en la rodilla de su hermana, cuando ésta la amenazó con contarle a Francisca que la noche anterior la había visto salir  por la parte de atrás de la carnicería de don César.
Rosa intentó decir algo, pero Lourdes la hizo callar  dándole un par de golpes en los brazos.
—Y pobre de ti si le dices a mi mamá que te pegué, porque te dejo la otra pierna igual —sentenció Lourdes, al ver que la rodilla de Rosa se había hinchado rápidamente.

A la siguiente mañana, Rosa se puso con dificultad uno de los pocos pantalones que tenía. Al salir de la habitación, vio que Francisca se encontraba en el patio lavando la ropa. Al momento de pasar junto a su madre, Rosa intentó disimular  lo mejor que pudo el dolor que le causaba caminar
—¿Qué traes?
Francisca sujetó a Rosa del hombro.
—Nada mamá ¿Por qué pregunta? —contestó Rosa, dándose vuelta hacia su madre.
—Tú nunca te pones pantalón
—Pues… pues hoy tenía ganas.
—¿Y por qué andas cojeando? ¿Qué pasó?
—No mamá, me acabo de levantar… Es que se me durmió la pierna.
—¿Crees qué me vas a hacer pendeja? Levántate el pantalón, órale.
—Ay, amá ¿para qué?
—¡Pinche muchacha, te estoy diciendo que te lo levantes! —ordenó Francisca al tiempo que le pellizcaba el brazo del que la estaba sujetando.
Rosa lo hizo lentamente.
—¿No qué no tenías nada, cabrona? ¿Qué chingados te pasó? —preguntó Francisca al verle el golpe a Rosa.
—Nada mamá, me caí.
—¿Y por qué no me querías decir? No seas pinche mentirosa, dime la verdad. ¿Quién te hizo eso? —preguntó Francisca dándole un golpe en la cabeza.
—Nadie. Me caí, de veras —contestó Rosa comenzando a llorar.
—O me dices la verdad —Francisca caminó unos pasos hacia la pared donde se encontraba recargado un trapeador, lo levantó con ambas manos— o te dejo la otra pata igual.

ALICIA
Rosa fue la última en llegar al comedor.
—¿Por qué tan tarde? —preguntó Francisca.
—Me despertaron unos gritos y luego ya no me pude dormir.
—A lo mejor era la bruja. A mí tampoco me dejó dormir —dijo la menor de las hermanas—. Mamá, diles a Lourdes y a Rosa que me dejen quedarme en su cuarto hoy —pidió la pequeña.
—En mi cama no —dijo Rosa—. La última vez se hizo pipí y yo tuve que lavar las sábanas.
—Yo tampoco la quiero conmigo —dijo Lourdes.
—Entonces deja que me quede con Jazmín —pidió Alicia.
—Cuál Jazmín ni qué nada —contestó Francisca.
—Mamá, no me quiero dormir sola porque va a venir la bruja —dijo llorando la niña.
—Casi cumples nueve años —intervino Lourdes—, ya estás grandecita como para seguir creyendo en brujas.
—¡Es verdad, miren! —Alicia se levantó de su silla, se bajó las calcetas y mostró los moretones que tenía en las piernas —. Miren lo que me hizo anoche.
Francisca se acercó a la niña, se arrodilló para abrazarla y le dijo:
—Te vas a dormir sola.
—No mamita, la bruja...
 —No te preocupes. Anoche vi a la bruja saliendo de tu cuarto y me aseguré de que no vuelva a molestarte.
—¿En serio mamita?
—Por supuesto. Ahora deja de llorar y termínate tu desayuno.
—¿Oiga mamá y Pedro? —preguntó Lourdes
—Está en el hospital buscando un par de huevos —respondió Francisca.

JAZMÍN
—¡Ni se te ocurra encerrarte porque te va peor! —gritó Francisca, empujando la puerta del cuarto antes de que se cerrara.
—Mamá, perdóneme  —suplicó Jazmín, que se ocultaba debajo de la cama.
Francisca se agachó, metió las manos, le sujetó una de las piernas y le arrastró para hacerle salir.
—¡Siéntate en la cama! —ordenó Francisca, sacando unas tijeras de su delantal.
—Mamá, no. Por favor no. Pégueme si quiere, pero no me haga eso.
—Te advertí lo que iba a pasar si te volvías a poner uno de mis vestidos —dijo Francisca, aferrando con fuerza las tijeras.
—¡Mamita, por favor no! ¡Le juro que no vuelvo a hacerlo!
—Claro que no vuelves a hacerlo —contestó Francisca, comenzando a cortarle el pelo—. Y deja de meter las manos o te encajo las tijeras.
Francisca no paró hasta que le dejó a rape.

Esa noche, al regresar de la cantina, Francisca se encontró una nota en la sala que decía:
“Mamá, he decidido irme para ya no estarla mortificando. Espero que me disculpe por llevarme sus vestidos, pero es que se me ven muy bien y usted ya ni los usa. Ojala pueda perdonarme.
Yo ya no me voy a acercar a la casa, pero si un día me ve en la calle y me quiere saludar, nada más acuérdese que ahora mi nombre es Jazmín y no Francisco.”